Motivaciones mañaneras

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Es muy “xarraora”, que decimos aquí; muy habladora. Aunque simplemente lo hace para llenar ese silencio que se forma y que es incómodo, al menos para ella. No le gusta, necesita hacer algo más que vestirse y estar en silencio.
Se pelea con las zapatillas, que no consigue ponerse, y mentalmente se maldice por no haber cogido otras zapatillas, mientras parloteaba. Esta vez si que estaba en casa y podría haber elegido otras.
-Venga, acaba ya, tienes que irte -dice él, con un deje de mala leche.
-Vale, pero podrías decirlo de otra manera, sé que tardo, pero tampoco es razón para que lo digas así -responde ella.
-No, quiero decir, me bajo contigo -hace una pausa-. No lo he dicho a mal, ya sé como eres, y no tengo ningún problema con eso.
-Vale.
Entonces ya si que continuó luchando con la zapatilla, pero esta vez en silencio. Por supuesto que ella sabia que lo que él decía no iba con intención de hacerle daño, pero aun así no podía evitar sentirse mal.
Se levantó, cogió la mochilita que siempre llevaba en verano y se la colgó del hombro derecho. Como siempre. Luego lo miró y se dirigió a la puerta, él la siguió, y bajaron las escaleras en silencio. Ya en la puerta fue cuando se despidieron:
-Hasta luego -dijo ella aún con la sensación de que la había tirado de su casa.
-Nos vemos nena -fue la despedida de él, despreocupada, sin más.
Realmente, aún iban los dos en la misma dirección, y caminaron un techo de la calle juntos, en silencio, y cuando llegó el momento de separarse lo indicaron ambos con un movimiento de cabeza. Parece que los dos tenían ciertas costumbres, y que en algunos puntos estas costumbres coincidían, pero eso no era importante.
Ella siguió andando por la calle, pensando en la manera despreocupada de despedirse que él tenía: era así, en el tipo de relación que tenían esas dos personas, no existía razón para las dudas ni planteamientos complicados, por eso mismo ambos habían escogido ese tipo de relación meramente física, se trataba de no pensar en ello más que en el momento.
Mientras ella tenía esas reflexiones, él iba andando hacia su coche, tatareando una canción e intentando recordar que pista del CD pirata que tenía en el coche para ponerla nada más encender el motor del coche. “Nena… ¿Por qué se habría salido decirle algo así?” Fueron los últimos pensamientos que le dedicó a ese momento.
Ambos eran expertos en crear ambientes que no les incomodaran, comportamientos que no tenían por qué complicar las cosas. Era meramente físico, no había más opciones, ninguno de los dos había dado más opciones.

Lobos

Estaba anocheciendo, la luz anaranjada del atardecer se colaba entre las hojas de los altos pinos del bosque. Era agradable, siempre me han gustado los bosques, y los atardeceres, pero… ¿qué hacía ahí? Era una pregunta para la que no tenía respuesta; si ya iba a hacerse de noche, no entendía que estaba haciendo allí aún.

Y de repente, como si los minutos de hubiesen convertido en segundos, ya era noche cerrada, y aún estaba allí. Mejor dicho: aún estábamos allí. Yo estaba quieta en el sitio, como si no pudiese moverme, normal teniendo en cuenta que no entendía nada de lo que estaba pasando a mí alrededor. ¿Por qué se había hecho de noche tan rápido? De repente mi amiga –sí, ahí estaba una chica, que reconocí como amiga no sé muy bien porqué-, que está situada justo enfrente de mí, me mira con los ojos desorbitados y me grita: “¡Corre!”.

No entendí muy bien por qué, pero me giré y entonces lo vi. Estaba detrás de mí, con el pelaje grisáceo, era pequeño, apenas un cachorro pero me miraba con unos ojos amenazantes del color de la luna, entre azul y gris. Fue cuando empecé a correr, pese a que sabía que no me iba a servir de nada: ya sabía que no podría huir.

Pero aun así, corrí. Corrí mucho. Mucho más de lo nunca había corrido hasta entonces. Y aparecieron más lobos, ya no sólo estaba persiguiéndome aquel cachorro grisáceo, también habían lobos adultos, marrones, blancos, negros… Y nosotras seguíamos corriendo.

Espera un momento. ¿Por qué no nos alcanzaban? ¿Cómo es que podía correr tan rápido y durante tanto tiempo si de normal no conseguía superar los tres minutos? Sí que habíamos avanzado, habíamos encontrado una carretera y habíamos seguido por ella… Era un sueño, sí, y tanto que lo era. Me paré en seco, los lobos también, no atacaron, se quedaron ahí mirando.

De repente, desperté.

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Tú.

Vamos a ver, cómo cojones te lo explico, maldito gilipollas … Que quiero oler a ti, y a nadie más, cuando me acueste por las noches en mi cama, que quiero que el sabor que se me quede en los labios sea el del último beso que te he dado esa noche, que quiero dormirme pensando en tus manos bajando por mi espalda, haciéndome cosquillas, que quiero que me abraces, que quiero que seas tú el que me de mimitos en la cama, que quiero dormirme recordando todas las sonrisas distintas que tienes: la sonrisa de “me quedaría así toda la noche contigo”, la de “quiero hacerte cosas malas, pero voy a hacer como que no me apetece tanto”, la de “no sigas por ahí, porque si me tientas sabes que caigo” … Que quiero aplicarme el “carpe diem” , pero solo contigo, porque no necesito a nadie más, porque con quien me apetece disfrutar el momento es contigo. Porque nuestra oportunidad se acaba. Y ya nadie sabe qué pasará después. Porque eres tú, y solo tú, maldito imbécil. Espero que ahora te haya quedado claro.
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Me apetece uno de esos cruasanes -o como se escriba- rellenos con chocolate blanco. Oh, que bueno estaba. Me acuerdo la sensación de cuando entró en mi boca y se posó en mi lengua. Se me escapó un gemido. Estaba buenísimo, creo que pocas veces he comido algo, o he hecho algo, que me provocara tanto placer.