Miedos

Que ahora siento miedos que antes no tenía, y me agobian. Espero que con el tiempo pasen de largo por mi vida, pero no recuerdo otra vez en la que lo haya pasado tan mal como lo paso ahora. Mis miedos están ahí, y no sé si estaban antes o no, pero si estaban no los tenía en cuenta en absoluto.

Supongo que pienso demasiado, y supongo también que no debería, ya que eso me hace sentir mal, cada vez peor, pero mi mente no para.

Ya no me concentro en nada, ni en escuchar música, cosa que antes me tranquilizaba mucho, ni en estudiar, ni en leer. Cada día me cuesta levantarme más, y también tengo ganas de dormir continuamente, porque de esa manera mi mente para.

Menos ilusión, menos ganas, menos emoción. Y cada vez a más.

Cuando hablamos

Ahora hablamos, hablamos bastante, y cuando lo hacemos, al principio de la conversación me siento bien, pero llega un punto en el que la culpabilidad se va acumulando, cosa que no entiendo por qué, bueno sí, porque no hice las cosas bien, y porque aun no sé lo que siento.

¿Quizá deberíamos dejar de hablar del todo? Puede. Más que nada, yo sé lo que me pasa y como me siento, pero no sé lo que tu sientes. Puede que sea lo mejor. Sé que es egoista pensar esto, pero creo que yo estoy mejor sin hablar, sin embargo al mismo tiempo a veces el saber que estás ahí me tranquiliza.

Cuando hablamos y no sé que hacer.

¿Qué quiero?

¿Hay alguna manera de saber lo que quieres? Se supone que tienes que saber lo que quieres, pero yo no lo sé, y me agobia no saberlo. Creía que quería una cosa, y cuando la tengo, estoy un tiempo bien y cómoda y luego ya no, y la dejo, y puede que no sea lo mejor que podría haber hecho.

Cambiar de costumbres siempre me ha costado, pero ¿realmente no quería acostumbrarme a eso? Era lo que quería. ¿Qué hay que cambiar ciertas costumbres? Pues sí, claro. ¿Que soy capaz de hacerlo? Por lo visto no. Porque siempre hago lo mismo, cuando algo me asusta, cuando creo que no soy capaz de hacer algo, desaparezco, lo dejo, huyo. No es justo, no es justo para ti.

Otras veces me han forzado a no dejar las cosas que estaba haciendo por muy difíciles que fueran o por muy difíciles que fueran. Gracias a mis padres no dejé el bachillerato, y gracias a ellos ahora estoy estudiando en la universidad una cosa que me encanta, que me llena, y nunca habría pensado que llegaría aquí, o que sabría a lo que quería dedicarme, lo que querría hacer, tanto como lo sé ahora. Eso se lo tengo que agradecer a ellos.

Hay otra cosa, y aplicada a lo que me pasa actualmente, que también he de agradecer a ellos, y son las charlas que he tenido, el poder haberme sincerado con ellos, el que me escucharan y me dieran consejo según su experiencia, según como ellos lo ven. Pero estas conversaciones también me han llenado de dudas sobre que hacer, sobre qué es lo conveniente.

Hay una cosa que sé que no quiero, y es un paso: no quiero hacerle daño a él. Para ello, primero, tengo que aclararme yo conmigo misma.

Todo pasa

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No entiendo muchas cosas, hay cosas que por mucho que me concentre o me interese y lo intente, no las comprendo. Es así. No sé por qué, de manera premeditada, debería sentir envidia de otra persona, o alegrarme por sus “desgracias”; ¿sólo me interesa por qué así me puedo regodear? Creo que eso ya es pasarse. No le deseo el mal a nadie, y mucho menos me alegro de las cosas que a otras personas les salen mal. No tengo nada contra nadie, y aunque a veces me sienta hasta el moño de todo, intento mantener la calma y comportarme.

Odiar es un sentimiento muy fuerte, no odio a nadie, ni siento envidia y ni me alegro de las desgracias de los demás. Esas cosas no van conmigo, y sin embargo hay gente que piensa que si. No tengo nada en contra de nadie. Hay cosas que no me gustan y cosas que si, como le pasa a todas las personas y es normal. Lo que no es normal es que sea una persona que se deje llevar, que no tenga opinión en nada. Lo siento, pero somos humanos, tenemos opinión. No puede parecernos todo bien, hacer siempre lo que hacen los demás y no tener ningún comentario en contra de algo o que nos guste todo siempre o simplemente dejar que terceros dominen y manejen nuestras vidas. Lo “normal” es tener opinión y decir las cosas.

Paradójicamente, creo que muchas veces he sido la primera en callarme y no decir aquello que no me parece bien. Bien sea por respeto o por no buscar broncas hay muchas ocasiones en las que no he dicho todo lo que pensaba o debería.. Más concretamente hace unos pocos días, unas discusiones inútiles que no iban a parar a ningún sitio, pero ahí estábamos, y las demás personas a nuestro alrededor no tenían nada que decir, miento, al menos una si que tenía cosas que decir, y me las dijo a mí porque, claro está, con una persona como la que es, no hay manera de decir ciertas cosas y que las tome medianamente bien, solamente puedes esperar en esa situación una rabieta.

Así que, la conclusión, es dejar pasar el tiempo, y que todo pase.

Al menos hasta que vuelva a suceder una situación parecida.

Cambios

Las personas cambian, eso está claro, y pueden hacerlo a mejor o a peor. Lo que he notado últimamente, y el detonante fue el viernes por la noche, fue que determinadas personas ya no necesitan a nadie más que si mismas para poder seguir viviendo. Aunque luego bien que se quejan que no tienen a nadie en quién confiar más que en sus parejas y que si tienen algo malo que les ronda la cabeza acerca de eso no pueden confiar y contárselo a alguien porque no lo hay.

Bien, me parece que tengo la respuesta. Creo que he sido esa persona que ha estado ahí, que se ha esforzado y que aunque no tenía ganas ha hecho cosas por esa persona, que luego se queja de no poder confiar en nadie. Lo siento, si la única que parlotea y tiene verborrea soy yo, porque si no tuviese esa verborrea de cosas insignificantes que me hacen parecer a mí misma una egocéntrica, cuando quedamos sería aburridísimo, ya que habría un silencio bastante incómodo. Pero oye, que la única que puede hablar soy yo, es una de mis normas… Evidentemente no, pese a que hablo mucho, soy amiga, o lo era, y si para algo están las amigas es para escuchar, pero no se puede ayudar a quién no quiere ser ayudado.

Molesta bastante ver que, pese al tiempo y a las cosas buenas, incluso estas se hacen agrias. No puedes esperar que siempre esté ahí ahora, porque cuando te das cuenta de que para lo único que te quieren es como segundo plato, o por interés, es evidente que sobras en algún sitio.

Palabras vacías

Últimamente la gente trata cada vez más de estar comunicado con el resto del mundo, hacer patente su existencia, que los demás sepan que está ahí y en qué se basa su vida.

Nos pasamos el dia pegados a maquinitas que hacen que nuestra vida privada sea pública, que resulte muy difícil evitar que la gente se entere de ciertas cosas que si no vas con cuidado puedes acabar publicando, y no porque tengamos algo que esconder, sino porque pensamos que esas cosas al resto de la gente no les interesa, al igual que a nosotros no nos interesa que hayan comido macarrones.

Finalmente, quieras o no, estas a merced de poder ser localizado en cualquier momento, a tener que contestar obligado y a hablar con una persona con la que igual en ese momento no quieres hablar… También resulta irónico que un instrumento que se inventó para mejorar la comunicación entre diferentes personas que estuvieran a distancia, o para decir cosas urgentes, se haya convertido hoy en un instrumento de la “no-comunicación”, como me gusta llamarlo a mí.

Es evidente, vivo con un smartphone, vivo con WhatsApp, Facebook, Twitter, etc. Antes no ponía tanta atención en las cosas que publicaba, pero ahora sí. De la misma manera que antes me preocupaba no salir bien en una foto y que se subiera, ahora me preocupa que otra persona suba una foto mía sin consentimiento, salga bien o mal, sean conocidos o no. Cualquiera puede subir una foto, cualquiera puede verte, cualquiera puede saber qué haces y donde estas.

Volviendo al tema de la “no-comunicación”. ¿Cuántos mensajes recibimos al día?¿Cuántos de ellos nos sirven?¿Cuántos no nos sirven para nada? Creo que la mayoría coincidirá conmigo en que muy pocos sirven para algo, que son tonterías, que llenan nuestros teléfonos de imágenes y que se comen su memoria, que hacen que perdamos muchísimo tiempo, más del que creemos, y que realmente puedes estar hablando con una persona y no conocerla en absoluto. No me refiero a personas que conoces por alguna red social y con la que empiezas a hablar porque tenéis gustos afines o cosas así, sino a personas que sueles o solías ver, a personas que ahora ya no están lo suficiente cerca como para verlas regularmente pero sí que hablas con ellas de manera contínua. Llega un momento, un punto en una de esas conversaciones, en que te das cuenta de lo mucho que hablas, de la cantidad de palabras y letras, de tiempo que usas, y que en realidad, no hay nada en ellas. El dicho de “las palabras se las lleva el viento” se transforma, porque ahora hasta las palabras escritas desaparecen en un mar de datos y que luego el receptor olvida, y también el emisor.

Por eso palabras vacías, por eso la “no-comunicación”, porque al fin y al cabo, parece que acabaremos siendo muñecos repitiendo siempre cosas inútiles.

E.B.M., 13-03-2015