La mujer del tren

La mujer, coge todos los días el tren de las 07:42 para ir a trabaja. Bueno, todos los días no, casi todos, porque los martes no trabaja. Siempre a la misma hora, siempre el mismo trayecto, unos 40 minutos con ese movimiento que, si has pasado una mala noche, anima a que cierres los ojos y descanses un poco más.

Ella es costurera, lo es de toda la vida, y aun le quedan unos cuantos años para jubilarse. Imagino que trabaja en uno de esos pequeños talleres que han sobrevivido a los cambios que en los barrios de las ciudades se van sucediendo, y modernizando, para beneficio de unos y pesar de otros.

En varias ocasiones me ha contado, muy orgullosa, los progresos de su nieta con las cosas que come, desde tirar la comida por los aires a aceptar los trozos de zanahoria escondidos entre la patata. También me ha reñido por fumar, contándome enseguida su experiencia:

“Un día dejé de fumar. No porque me lo planteara, sino porque no me apetecía seguir fumando. Aún así, conservé el paquete de cigarrillos. Cuando salíamos yo y mis amigas al descanso, me preguntaban si me apetecía fumar, y yo les respondía que acababa de fumar, aunque no era cierto, y las fui invitando hasta que terminé el paquete. Desde entonces ni un cigarrillo!”

Vive con su marido, su hija, el marido de esta y la hija de ambos. Según me ha contado, su hija es una mujer trabajadora, muy ocupada, y que por eso decidió vivir con ellos, así ella la podía ayudar, para que pudiese disfrutar del tiempo libre.

La mujer del tren también es una mujer trabajadora y muy ocupada, pero seguramente no se califique a si misma de esa manera. Ella trabaja, y sigue cuidando ya no sólo de su familia, sino también de la familia que ha formado su hija. Creo que la mujer del tren es una de esas mujeres que lo quieren hacer todo y que, milagrosamente, consiguen encontrar el equilibrio en ese “todo”.

Dos años

Hacía ya bastante tiempo que no me pasaba por aquí, y resulta que abro la página y me veo una notificación. Voy a ver que es y… hace dos años que empecé con este blog.

No me acordaba que fuera ya hace dos años, es decir, sé que hace ya bastante que tengo esta página, pero no esperaba que justo el día en el que después de varias semanas entro, sea el día que hace dos años que existe esto.

Menuda coincidencia.

No pensar

Hay una cosa magnífica que se llama no pensar. Sí, no pensar, dejar la mente en blanco y ya está.

Pues no, no existe, no la hay en mi cabeza, siempre tengo que estar pensando algo, y si no pasa nada ya me busco yo algo en lo que pensar, y de repente voy difusa, muy difusa, y no me entero de las cosas. Pero mi cabeza ahí sigue, a la suya, como si no me perteneciera.

Lo máximo que he logrado a algo parecido a no pensar es pensar en respirar. Así dicho suena raro, pero resulta que si cierro los ojos y me concentro en respirar, sólo en como tiene que entrar el aire en mi cuerpo y adonde tiene que ir para segundos después recorrer el mismo camino y salir, y resulta que sí que puedo concentrarme en una única cosa a la vez, aunque sólo sea en respirar.

Total, que es lo más cerca que he llegado nunca a “dejar la mente en blanco”, pensar en respirar, porque sólo pensaba en eso, aunque claro, de repente llegaban pensamientos de “¿y en qué estaba pensando yo hace un momento?“.

Viendo esto, creo que es un poco imposible eso de no pensar.

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Toda calma necesita su tormenta – Pablo Pacanowski

Forzar las cosas

¿Dónde está el límite para conseguir lo que quieres?

Quiero decir, puede que quieras algo, y te esfuerzas por conseguirlo, pero… y si después del esfuerzo te aburres, o no te aburres, y sigues porque quieres.

Muchas veces me pasa que después de querer algo e intentar conseguirlo con muchas ganas, pierdo completamente el interés, ¿por qué? ¿por qué ya lo tengo? ¿y después de todo el proceso que hay?

Tormenta de arena – Murakami

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.

El tramvia groc

Hui estic a punt d’acabar El tramvia groc de Joan Francesc Mira, i he de dir que una vegada més m’ha enamorat un llibre d’ell. Sols he llegit amb aquest, tres llibres de l’autor, el primer quan tenia 17 anys Una biblioteca en el desert i el qual la primera vegada que el vaig agafar no el vaig acabar, i el segon Purgatori regal dels amics per als meus 19 i llegit quasi immediatament.
Aquest últim l’he llegit amb 21 anys -pareix que agafe un llibre de Mira cada dos anys-, i m’ha tornat a recordar al del Purgatori en un sentit: mentre estic llegint, especialment alguns fragments, és com si estiguera caminant per una València de fa molts anys, fent una mirada al passat pels mateixos carrers que jo de vegades utilitze, però com si foren com quan els meus pares tenien la meua edat. És un sentiment estrany de poder explicar, una enyorança externa. El que més em sol agradar és quan en algun fragment parla sobre algun bar o cafeteria que encara hui dia existeix com Los Toneles o Santa Catalina, i descriu, per exemple, la sèpia o el xocolate que el personatge en concret es prenia a eixos llocs, i em crea enyorança perquè allò mateix que descriu com si fora fa trenta o quaranta anys és allò que jo fa nores vaig fer, i em fa recordar eixos moments, i anar corrents a llegir-li el fragment a ma mare –amb ella he viscut la majoria d’eixos moments- i ella em conta també com era la ciutat, els carrers, quan era jove.
Sols volia contar això, contar perquè eixes dues novel·les m’han agradat tant, perquè llegint-les és com si poguera passejar per la meua ciutat de fa dècades, i la compare a ara, i m’agradaria, en tot cas, haver conegut la ciutat com es descriu als llibres.

Miradas al futuro // Mirades al futur

No sé qué tebeo de Flash Gordon debía haber hojeado aquel día que, de pie en el centro de nuestro huerto, me quedé pensando: Llegará el tiempo en que llevaremos en el bolsillo una maquinita como un teléfono pequeño, con la que desde cualquier lugar podremos hablar con alguien que esté en el otro extremo del mundo. Yo debía tener doce o trece años, y lo recuerdo con claridad total. Pero también recuerdo que a continuación me dije: Pero eso es absolutamente imposible, tan imposible como viajar a otro planeta: es una imaginación mía, no llegará nunca.

“No sé quin tebeo de Flash Gordon devia haver fullejat aquell dia que, dret al centre del nostre hort, em vaig quedar pensant: Arribarà el temps en que portarem a la butxaca una maquineta com un telèfon petit, amb la qual des de qualsevol lloc podrem parlar amb algú que estiga a l’altre extrem del món. Jo devia tindre dotze o tretze anys, i ho recorde amb claredat total. Pero també recorde que a continuació em vaig dir: Però això és absolutament imposible, tan impossible com viatjar a un altre planeta: és una imaginació meua, no arribarà mai.”

 

Fragmento del libro El tramvia groc de Joan Francesc Mira.